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Autobiografía

  • 8 feb 2016
  • 2 Min. de lectura

Fotografía: Ramona Alvarado y Adolfo Moncada / 1974

A Caracas llegaron dos campesinos, en años distintos y de pueblos distintos, pero víctimas de la misma realidad social del momento, miles de hombres y mujeres emigrarían de los campos para buscar “ una vida mejor en Caracas”, poblando las montañas vírgenes del Valle capitalino, sin más patrimonio que el bolsito con su ropa.

A mi papá le dijeron “su vida está en Caracas”, con aproximadamente 25 años salió de Barinas, luego de la indiscutible afirmación de mi abuela, no pudo sino recoger sus 4 trapos y partir; a mi mamá ni le preguntaron, apenas contaba con 16 pero ya había dejado en el campo de Mérida el equivalente a unos 50 años de duro trabajo.

En un autobús se conocieron, luego de dejar 8 horas de sus vidas, sudor, trabajo extremo y carencias en sus respectivas fábricas, formando con los años una familia de 4 hijos, los Moncada Alvarado, más criollos que el tetero de plátano con el que me alimentaron.

De cuatro hijos soy la tercera y como dice mi papá “la única hembra”, trigueña, con un cabello largo que aún no decide si ser rulo o liso, de labios que evidencian un antepasado negro que desapareció en el tiempo, pero que dejó sus genes bien claros en la descendencia y un gusto por el tun tun de los tambores que creo todos tenemos; siempre feliz, paciente y colaboradora, características inequívocas de mi ascendencia andina, que pareciera tener una pizca extranjera a juzgar por el color camarón y ojos verdes de mi abuelo.

Mi atención desde temprana edad giró alrededor de la creación, el dibujo, la música y la enseñanza, hasta hoy eso no ha cambiado, mi curiosidad es insasiable, me reconozco en ese aspecto como una niña, atraída por el conocimiento siempre quiero saber, que son, cómo funcionan, cómo se hacen las cosas, como las puedo hacer para poder enseñar, por eso trato de mantenerme en constante aprendizaje, mi primer estudio formal fue Publicidad y mercadeo, las áreas del documental, la fotografía, las artes gráficas y el diseño me han formado por medio de talleres y cursos alimentando y a su vez acrecentando mis ganas de aprender.

Como muchas mujeres de esta Matria, también soy madre y lucho constantemente porque el tiempo me alcance para todo, mi debilidad es Arel Ramsés, mi hijo de 4 años y ojos que invitan a la constante picardía, consume mi energía, pero como el sol a las plantas, me alimenta con su resplandor de dulzura e inocencia.

Hace 5 años ya, llegó a mi vida un catire, alto y robusto, con ojos que cambian con el sol y un temperamento que complementa mis altos niveles de paciencia, siempre digo que él es la parte del cerebro que no me gusta mucho usar, la racional, la lógica y la metódica, muchas veces necesaria, yo para él soy la parte intuitiva, impetuosa y arriesgada, ese espíritu creador que a veces no sabe como sacar. Bien dicen que los polos opuestos se atraen, en este caso unimos nuestras fortalezas para formar un sólo ser que tiene lo mejor de ambos.

Fotografía por: Candi Moncada // Arel y Javier. Choroní, Edo. Aragua - Venezuela

Candi Alvarado Moncada Alvarado


 
 
 

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