Autobiografía, historia, lo que soy. (extendida)
- 11 oct 2016
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A Caracas llegaron dos campesinos, en años distintos y de pueblos distintos, pero víctimas de la realidad social del momento, miles de hombres y mujeres emigrarían de los campos para buscar “una vida mejor en Caracas”, poblando las montañas vírgenes del Valle capitalino, sin más patrimonio que el bolsito con su ropa, recuerdos de su niñez que en muchos casos todavía no era superada y ganas de salir adelante.
A mi papá le dijeron “su vida está en Caracas”, con aproximadamente 25 años salió de Barinas, luego de la indiscutible afirmación de mi abuela, no pudo sino recoger sus 4 trapos y partir; a mi mamá ni le preguntaron, apenas contaba con 16, pero ya había dejado en el campo de Mérida el equivalente a unos 50 años de duro trabajo, su piel luego reflejaría el producto de largas jornadas bajo el sol, picaduras de abejas y otros bichos que encontraban apetitosa la tersa piel blanca que años después se cubriría de manchas producto del astro rey.
Al “llanero”, como llaman a mi papá, le enseñaron a leer y a escribir en el cuartel, él dice que por eso se enlistó, “para poder aprender algo”, en el campo donde se crió “hasta el feto trabaja” como reza la canción de Calle 13, los niños sólo eran dos manos más que debían ayudar con el quehacer, que era bastante, para ganarse la papa y la ropa tenían que trabajar, la crianza de una abuela amorosa y querendona la opacaba la de un abuelo recio, con mirada baja, con muchos valores pero también con mucha dureza, dureza que con sus hijos multiplicaría. Elena mi mamá fue más afortunada, estudió hasta segundo grado, era muy inteligente y le gustaba eso de la pizarra y el lápiz y el cuaderno pero en Ejido la escuelita sólo tenía primero y segundo, si quería seguir debía mudarse a Mérida y eso no era una opción.
Llegaron los dos a Caracas, el “llanero” llegó a las calles, no conocía a nadie, ella lo acogió por un tiempo ofreciéndole como hotel las bombas de gasolina y como cama los botes de basura, Elena tuvo más suerte, se vino con sus papás y con lo que le dieron por sus tierras compraron un ranchito de zinc en La Yaguara, empezando la montaña que era virgen todavía. Ella tenía que trabajar, si el campo no la había tratado bien la suerte que le esperaba en la ciudad no era alentadora, casi esclava en una “casa de familia” vería como su niñez se esfumaba junto a la piel de sus manos y sus pies corroídos por el cloro con el que limpiaba la piscina.
Al tiempo se conocieron, ambos en un autobús, luego de dejar 8 horas de sus vidas, sudor, trabajo extremo y carencias en sus respectivas fábricas, formando con los años una familia de 4 hijos, los Moncada Alvarado, más criollos que el tetero de plátano con el que me alimentaron.
De cuatro hijos soy la tercera y como dice mi papá “la única hembra”, trigueña, con un cabello largo que aún no decide si ser rulo o liso, de labios que evidencian un antepasado negro que desapareció en el tiempo, pero que dejó sus genes bien claros en la descendencia y un gusto por el tun tun de los tambores que creo todos tenemos; siempre feliz, paciente y colaboradora, características inequívocas de mi ascendencia andina, que pareciera tener una pizca extranjera a juzgar por el color camarón y ojos verdes de mi abuelo.
Esta familia luego de rodar por varias zonas populares de la ciudad se establecería en San Rafael de La Yaguara, por fin contaría con un techo propio, luego de muchos años de alquileres y de sufrir carencias de servicios básicos en ellos. El llanero con la liquidación de uno de sus tantos trabajos compraría un ranchito, tenía terreno y podría ampliar según fuera creciendo la familia, mientras adecuó el espacio para que le recordara lo más posible a su llano, unas gallinas, unos pollos y unas matas ambientarían la casita dándole un tono de campo, ese campo que el llanero por más años que tenga en la ciudad nunca deja ir. Ramona se embarcó en la empresa de la crianza de los muchachos, los grandes llegaron con 13 y 14 años a la casita nueva, los pequeños nacimos en ella.
San Rafael era un barrio en plena formación, la mayoría de sus habitantes era de tierras andinas, -eso cambiaría con el tiempo- colindaba con una zona de clase media alta llamada Colinas de Vista Alegre, por ser un barrio nuevo no contaba con escuelas, preescolares, tiendas o abastos, la comunidad debía trasladarse hasta otros sitios para adquirir estos servicios, la convivencia de tales vecinos tan antagónicos y el marcado clasismo de “la gente de las colinas” serían los primeros problemas que enfrentaría la nueva comunidad. Los chamos tenían que estudiar y la escuela pública estaba en Vista Alegre, empezó la pugna, “la gente de las colinas” no querían a los hijos de los tierrúos estudiando en su escuela y menos con sus hijos, no los querían usando su servicio de transporte, ni en sus supermercados, mi mamá dice que fueron tiempos difíciles, pero lograron inscribir a los niños allí, muchos de “la gente de las colinas” sacaron a sus hijos a colegios privados fuera de la zona, varios colegios privados surgieron como alternativa para profundizar la clasificación de los niños por su procedencia.
Cuando yo estudié en la Unidad Educativa Distrital Matías Núñez, quedaba muy poco hijo de rico, abundaban chamos de La Vega, San Martín, hasta había un niño de La Guaira, recuerdo que nos preocupamos mucho en el salón cuando hubo el deslave, todos nos preguntábamos como estaría Carlos, después de un mes volvió a clases, había perdido parte de su casa pero estaba bien junto a su familia. A pesar del diverso origen de la población estudiantil, la cantidad de niños y niñas de La Yaguara era hegemónica, todos los chamos del barrio estudiaban ahí, los que veía en el recreo eran los mismos que jugaban con la patineta en el callejón, los mismos de la primera comunión, los mismos de los huevos podridos en carnavales y que le lanzaban bombas de agua a las camionetas del junquito.
Las dos etapas que más recuerdo de allí son mi preescolar y los últimos 3 años en la básica, mi salón de preescolar era un espacio amplio, con mucha luz natural, mi lugar favorito eran los tacos, unos cilindros que ponía en mis pies y me hacían ver como 10 cm más grande, del 4to al 6to grado me acuerdo clarito porque tuve la misma maestra en los tres grados y nos queríamos mucho, la maestra alababa mucho mi espíritu colaborador, mi compañerismo y mi inteligencia, bueno también mi letra por cierto que de eso se aprovechó para que le ayudara a pasar las boletas de fin de lapso en limpio en 5to y 6to grado. Con ella le agarré el cariño a la lectura, leí Platero y yo y El Principito, estuve en la banda de la escuela, en el coro y en la patrulla, hasta que la maestra se dio cuenta que era más el tiempo que pasaba en todas esas otras actividades que en el salón y me puso a escoger, me quedé con la patrulla y fui Brigadier Mayor, con 10 años era la superior de los chamos que ya estaban saliendo al liceo.
Me tocó despedirme de la escuela y partir a un liceo que quedaba considerablemente lejos, tenía que agarrar metro y camioneta, ¡eso era otro mundo!. Era la Escuela Básica Nacional Venezuela, en San Juan, allí estuve 3 años, aprendí a desplazarme en metro, además de geografía, biología, matemática, física y química, allí convivía entre edificios, debía llevar almuerzo y salir temprano, había mucho muchacho “perdido” por ahí. Por ser una mezzanina de edificio, el liceo sólo tenía 2 pisos y no albergaba el ciclo diversificado, así que me tocó irme para otro liceo, ahora el Liceo La Aplicación sería mi casa. Venia de una institución muy pequeña y de pronto me consigo con una estructura de 4 pisos, enorme, con auditorio, comedor, cancha y un montón de salones y coordinaciones que era propicio para perderse. Allí me reconocían como “la abogada de los pobres”, mis compañeros me decían que defendía mucho a la gente y no los dejaba defenderse por sí mismos, como en todos los liceos estaba el que se metía con todos, pero que se afincaba con los gays y ahí era donde yo entraba en acción.
Mi atención desde temprana edad giró alrededor de la creación, el dibujo, la música y la enseñanza, hasta hoy eso no ha cambiado, mi curiosidad es insaciable, me reconozco en ese aspecto como una niña, atraída por el conocimiento siempre quiero saber, que son, cómo funcionan, cómo se hacen las cosas, como las puedo hacer para poder enseñar, por eso trato de mantenerme en constante aprendizaje, mi primer estudio universitario fue Publicidad y mercadeo, las áreas del documental, la fotografía, las artes gráficas y el diseño me han formado por medio de talleres y cursos alimentando y a su vez acrecentando mis ganas de aprender.
Formo parte de la clase trabajadora, la clase obrera y me reconocí como tal gracias a Chávez, “creo en los poderes creadores del pueblo” como Aquiles Nazoa diría, mi madurez y reconocimiento como ser político, como potencial elemento propulsor de cambios sociales se lo agradezco a ese loco, loco con cariño aunque muchos se agarrarían de ese adjetivo para descalificarlo. Me considero parte de la generación de Chávez y como parte de ella cargo sobre mis hombros la responsabilidad de dar todo lo que esté en mis manos y más de eso para concretar la sociedad de iguales, la justicia, la comuna, el verdadero socialismo, único camino para mantener la vida en el planeta.
Como muchas mujeres de esta Matria, también soy madre y lucho constantemente porque el tiempo me alcance para todo, mi debilidad es Arel Ramsés, mi hijo de 5 años y ojos que invitan a la constante picardía, consume mi energía, pero como el sol a las plantas me alimenta con su resplandor de dulzura e inocencia. Hace 6 años ya, llegó a mi vida un catire, alto y robusto, con ojos que cambian con el sol y un temperamento que complementa mis altos niveles de paciencia, siempre digo que él es la parte del cerebro que no me gusta mucho usar, la racional, la lógica y la metódica, muchas veces necesaria, yo para él soy la parte intuitiva, impetuosa y arriesgada, ese espíritu creador que a veces no sabe cómo sacar. Bien dicen que los polos opuestos se atraen, en este caso unimos nuestras fortalezas para formar un sólo ser que tiene lo mejor de ambos.
Siempre proactiva, alegre, responsable, honesta, feminista y en revolución…
Candi Vanessa Moncada Alvarado.


































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